La Extraña Muerte De La Vergüenza
En Internet, el prestigio ya no siempre requiere talento, mérito o excelencia.
A veces basta una pose, una mirada o un gesto calculado para aparentar carisma.
De allí surge el aura farming: fabricar deliberadamente aquello que debería ser espontáneo.
Lo ridículo puede volverse aceptable cuando suficientes personas comienzan a celebrarlo.
Pero ¿qué ocurre con la vergüenza cuando hacer el ridículo comienza a otorgar prestigio?
Fabricar Lo Espontaneo
"Farmear aura" es una expresión popularizada en Internet para describir acciones realizadas con la intención de parecer interesante, seguro, misterioso o admirable ante los demás. El "aura" representa ese carisma o presencia que hace destacar a una persona, incluso cuando no está haciendo nada particularmente extraordinario.
La palabra farmear proviene de los videojuegos, donde se utiliza para describir la repetición de determinadas acciones con el objetivo de acumular recursos, experiencia o puntos. Trasladada a las redes sociales, la expresión dio origen a los llamados "puntos de aura": una puntuación imaginaria que aumenta o disminuye dependiendo de qué tan admirable o vergonzosa resulte una conducta.
Sin embargo, existe una contradicción dentro del propio concepto. El aura debería ser algo espontáneo, una cualidad que los demás perciben sin que quien la posee necesite demostrarla. Farmearla implica justamente lo contrario: calcular gestos y comportamientos para proyectar esa imagen. Se intenta fabricar deliberadamente aquello que debería surgir de manera natural.
Del Comportamiento al Contenido
Durante mucho tiempo, Internet funcionó como un espacio donde las personas mostraban aquello que ya hacían fuera de la pantalla. Sin embargo, las redes sociales introdujeron un cambio importante: ciertas conductas comenzaron a realizarse precisamente porque podían ser publicadas. La cámara dejó de limitarse a registrar el comportamiento y empezó, en cierta medida, a condicionarlo.
El proceso suele repetirse: una conducta aparece, recibe un nombre, se convierte en meme y obtiene atención. Cuando esa atención se traduce en visualizaciones, comentarios o aprobación, otros usuarios encuentran un incentivo para reproducirla. Tendencias como el mewing, el looksmaxxing o el propio aura farming muestran cómo una práctica puede extenderse rápidamente cuando existe una recompensa social asociada a ella.
Así, Internet no se limita a reflejar nuestras costumbres: también puede crear modelos de comportamiento que después trasladamos fuera de la pantalla. El usuario aprende qué gestos generan atención y comienza a repetirlos. Ya no se trata solamente de publicar aquello que hacemos; cada vez con mayor frecuencia, hacemos determinadas cosas porque sabemos que pueden ser publicadas.
La Ventana de Overton
La Ventana de Overton es un concepto utilizado originalmente para explicar cómo determinadas ideas pueden pasar de ser consideradas inaceptables o extremas a formar parte de aquello que una sociedad considera normal. Aplicada de manera analógica a Internet, permite observar un proceso parecido en ciertas conductas y formas de expresión.
En las redes, este recorrido puede resumirse como:
ridículo → irónico → viral → normal → imitable → deseable.
Una conducta inicialmente considerada vergonzosa puede comenzar a compartirse como una broma. La exposición constante hace que aquello que provocaba rechazo o incomodidad empiece a resultar familiar.
El aura farming permite observar este mecanismo. Una pose exagerada puede comenzar como un meme, repetirse miles de veces y terminar siendo imitada seriamente por otros usuarios. La viralidad modifica el contexto: aquello que antes podía provocar vergüenza ahora puede generar atención, aprobación e incluso cierto prestigio dentro de determinados grupos.
Sin embargo, normalización no significa necesariamente valoración positiva. Que una conducta deje de parecernos extraña después de verla cientos de veces no significa que haya adquirido mérito o valor. En ocasiones, simplemente significa que nos hemos acostumbrado a verla.
El Valor De Hacer El Ridículo
La vergüenza cumple una función dentro de nuestra vida social: aparece cuando sentimos que nuestra conducta puede ser juzgada negativamente por los demás. Aunque puede resultar dañina cuando es excesiva, también funciona como uno de los límites mediante los cuales ajustamos nuestro comportamiento frente a otras personas.
Las redes sociales introducen un incentivo contrario. Una situación vergonzosa puede transformarse en un video viral, generar miles de comentarios o atraer seguidores. Así, hacer el ridículo puede terminar siendo recompensado. Incluso las burlas contribuyen a aumentar las reproducciones y la circulación del contenido.
En una economía digital donde la atención significa visibilidad, seguidores y relevancia, incluso el ridículo puede convertirse en una forma de capital social. La vergüenza pierde entonces parte de su capacidad para funcionar como límite: la pregunta deja de ser únicamente "¿qué pensarán de mí?" y comienza a ser "¿cuántas personas van a verme?".
La Apariencia Del Mérito
Tradicionalmente, la admiración suele estar relacionada con alguna forma de capacidad o logro. Un pianista impresiona por su dominio del instrumento, un deportista por su rendimiento y un escritor por su obra. Incluso el carisma puede entenderse como una cualidad difícil de reproducir: algunas personas simplemente poseen una presencia capaz de atraer la atención de los demás.
El aura farming altera esta relación porque permite representar los signos externos de aquello que admiramos sin poseer necesariamente la cualidad que los originó. La pose sustituye al logro, la apariencia de seguridad sustituye a la seguridad y la representación del carisma comienza a ocupar el lugar del propio carisma. Lo importante deja de ser aquello que una persona puede hacer y pasa a ser la imagen que consigue proyectar.
Surge entonces una forma particular de prestigio: prestigio sin mérito. Ya no es necesario ser excepcional; basta con conocer y reproducir los gestos que asociamos con alguien excepcional. Allí aparece la contradicción fundamental del aura farming: cuanto mayor es el esfuerzo dedicado a demostrar que se posee "aura", más evidente resulta que aquello que pretende parecer espontáneo ha sido cuidadosamente representado.
Mas Alla De La Edad
Resulta fácil observar a un adolescente realizando una pose exagerada frente a una cámara y atribuir el aura farming exclusivamente a su generación. Sin embargo, la necesidad de proyectar una determinada imagen ante los demás no nació con TikTok. Lo que cambia son las herramientas, los códigos y la intensidad con la que esa imagen puede ser construida y exhibida.
El mismo mecanismo aparece, de formas menos evidentes, entre los adultos. Instagram permite seleccionar cuidadosamente qué partes de nuestra vida mostramos; LinkedIn puede convertir la trayectoria profesional en una permanente exhibición de éxitos; influencers y celebridades construyen imágenes públicas donde incluso aquello que parece espontáneo puede estar cuidadosamente preparado. En todos estos casos existe algún grado de representación de una identidad deseable.
El aura farming lleva esta lógica hasta un extremo casi caricaturesco, haciendo evidente aquello que otras formas de autopresentación disimulan mejor. Por eso, reírnos del adolescente que intenta acumular imaginarios “puntos de aura” puede hacernos ignorar algo más incómodo: los adultos también buscamos aprobación y construimos nuestra imagen; simplemente hemos aprendido a hacerlo de maneras socialmente más aceptables.
Una Personalidad Moldeada Por El Algorimo
El aspecto más preocupante aparece cuando estas conductas dejan de existir únicamente frente a una cámara. Una manera de hablar, vestir, posar o comportarse puede comenzar como una estrategia para conseguir aprobación y terminar incorporándose a la vida cotidiana. Lo que inicialmente era una actuación puede convertirse lentamente en hábito.
Las redes sociales facilitan este proceso mediante recompensas constantes. Visualizaciones, seguidores y comentarios indican qué versión de nosotros mismos obtiene mejores resultados. El algoritmo no necesita decirnos cómo comportarnos: basta con premiar determinadas conductas y permitir que ignoremos aquellas que no producen atención.
Esto puede generar una relación problemática con la propia identidad. Si repetimos constantemente aquello que recibe aprobación, puede volverse difícil distinguir entre "esto me gusta" y "aprendí que esto hace que les guste a los demás". La búsqueda de aceptación corre así el riesgo de reemplazar lentamente al criterio personal.
El aura farming parece superficial porque sus poses y "puntos" imaginarios resultan fáciles de ridiculizar. Pero detrás existe una cuestión más seria: permitir que una audiencia determine qué partes de nuestra personalidad merecen existir. Quizás la consecuencia más preocupante no sea hacer el ridículo frente a una cámara, sino continuar interpretando ese personaje cuando ya no queda nadie mirando.