Permiso Para Ser Cruel
El público entró al salón. Frente a la multitud, una mujer permanecía inmóvil junto a una gran mesa repleta de objetos: rosas, alimentos, plumas, tijeras, cuchillos y una pistola. La propuesta era sencilla: durante seis horas, los presentes podrían usarlos sobre ella como quisieran. Por su parte, la mujer permanecería pasiva, sin intervenir ni ofrecer resistencia.
Al principio, los visitantes se acercaron con cautela. Observaron los objetos, la miraron a ella. Algunos se reian, otros abandonaron el lugar. Al poco tiempo comenzaron a interactuar con suavidad y curiosidad...
Y luego empezo la crueldad.
Ritmo 0
"La crueldad, como cualquier otro vicio, no requiere ningún motivo para ser practicada, apenas oportunidad" -George Elliot
En 1974, en la galería Studio Morra de Nápoles, Marina Abramović, artista yugoslava que utilizaba su cuerpo para explorar los límites físicos y la relación con los espectadores, presentó Ritmo 0, una performance abierta al público con las siguientes instrucciones:
«Hay 72 objetos en la mesa que uno puede utilizar en mí.
Yo soy el objeto.
Durante este periodo mi responsabilidad es plena.
Duración: 6 horas (20 h a 2 h). »
Los elementos habían sido elegidos para ofrecer posibilidades distintas: algunos permitían alimentar o acariciar; otros, herir. Abramović permanecería pasiva, dejando en manos de los presentes la decisión sobre cómo interactuar con ella.
Con el paso de las horas, las acciones se volvieron más agresivas.
Le cortaron la ropa, expusieron su cuerpo y le provocaron heridas. Uno de los participantes llegó a manipular la pistola cargada, apuntandola a la cara de Abramović. Según relata el poeta y critico Thomas McEvilley:
"Empezó de manera segura. Alguien la hizo girarse. Alguien agarro sus brazos y los sacudió en el aire. Alguien la tocó de manera algo íntima. La noche en Nápoles empezó a calentarse. A la tercera hora, le habían quitado toda la ropa cortándola con cuchillas afiladas. A la cuarta, las mismas cuchillas empezaron a explorar su piel. La cortaron en la garganta para que alguien pudiera chuparle la sangre. Sufrió varios asaltos sexuales menores.
Cuando terminó la performance, Marina Abramović comenzó a caminar hacia el publico, transformandose de objeto a persona nuevamente. La reaccion de sus agresores fueron simple: huyeron de la sala.
¿Qué diferencia existe entre tener permiso y sentirse libre de responsabilidad? Ninguna instrucción obligaba a lastimarla; quienes participaban podían elegir otros gestos. Sin embargo, la aceptación de la artista parecía ofrecer una justificación para avanzar. Aunque una performance no permite establecer cómo actuaría cualquier persona en esas condiciones, sí plantea una pregunta incomoda:
¿qué sucede cuando interpretamos que la ausencia de resistencia vuelve aceptable una agresión? Y si una autorización puede utilizarse para justificar el daño, ¿qué ocurre cuando una autoridad empieza a presentar la dureza como parte de una tarea que debe cumplirse?
La Crueldad Como Expectativa
Guardias y prisioneros en la cárcel simulada de Stanford, 1971
En 1971, el psicólogo Philip Zimbardo organizó en la Universidad de Stanford una prisión simulada en el subsuelo del edificio de Psicología. Los participantes eran jóvenes universitarios seleccionados mediante entrevistas y evaluaciones, que fueron asignados al azar a los papeles de guardias y prisioneros. Los primeros debían mantener el orden; los segundos permanecerían recluidos bajo su vigilancia. El estudio estaba previsto para dos semanas y buscaba explorar los efectos psicológicos de ocupar esas posiciones dentro de un entorno carcelario.
Durante los días siguientes se produjeron prácticas de humillación y control. Los guardias impusieron órdenes, recuentos repetidos y castigos como ejercicios físicos, mientras los prisioneros quedaron sujetos a decisiones que afectaban su descanso y su vida cotidiana. Algunos participantes experimentaron un intenso malestar emocional. Zimbardo, además de dirigir la investigación, asumió el papel de superintendente de la prisión, involucrándose en la situación que debía observar. El estudio terminó al sexto día, mucho antes del plazo previsto.
Sin embargo, investigaciones posteriores sobre los archivos y testimonios cuestionaron la idea de que las agresiones hubieran surgido espontáneamente. Los organizadores habían comunicado expectativas sobre cómo debían comportarse los guardias, y existen registros de presiones para que se mostraran más duros.
En ese marco, una persona puede justificar sus acciones apelando a lo que cree que se espera de ella: mantener el orden, imponer disciplina o colaborar con una tarea. El maltrato puede empezar a entenderse como parte del trabajo, mientras la moderación corre el riesgo de parecer una falta de compromiso. El daño encuentra así una explicación que permite ejercerlo sin reconocerse como agresor.
¡Solo seguía órdenes!

William Calley, teniente estadounidense juzgado por los asesinatos de civiles en Mỹ Lai
El 16 de marzo de 1968, durante la guerra de Vietnam, soldados estadounidenses asesinaron a civiles desarmados en Mỹ Lai, entre ellos mujeres, niños y ancianos. El teniente William Calley participó en las matanzas y ordenó a sus hombres disparar contra los habitantes. Cuando fue juzgado, su defensa principal consistió en afirmar que había obedecido una instrucción de su superior, el capitán Ernest Medina: matar a todas las personas de la aldea. Medina negó haber impartido esa orden. La existencia de aquella instrucción era discutida, pero Calley la utilizó para explicar su propia conducta. Sin embargo, hubo quienes se negaron: el soldado de primera clase Robert Dursi rechazó la orden de ayudar en las ejecuciones.
La obediencia también ocupó un lugar central en las defensas de integrantes de los Einsatzgruppen, las unidades móviles de las SS y la policía alemana que llevaron a cabo asesinatos masivos durante la invasión de la Unión Soviética. Otto Ohlendorf, comandante de una de esas unidades, declaró ante el Tribunal Militar Internacional de Núremberg que sus hombres habían jurado obediencia a las autoridades que emitían las órdenes. En su explicación, ese juramento parecía dejar fuera de discusión la legalidad de lo que se les exigía. Posteriormente, en el proceso contra los Einsatzgruppen, los acusados recurrieron a las órdenes superiores para intentar justificar su participación en los crímenes.
«Solo seguía órdenes» puede describir una relación de subordinación y, al mismo tiempo, utilizarse para eludir las decisiones tomadas dentro de ella. Quien ejecuta presenta la decisión como algo que pertenece a otro: no eligió a las víctimas, no definió el objetivo, cumplió una función. Comprender cada caso exige examinar las amenazas, las alternativas y el margen real de acción, sin suponer que resistirse fuera sencillo ni que obedecer resultara inevitable. Allí aparece una de las formas más inquietantes del permiso para ser cruel: cuando hacer daño se presenta como una obligación y cumplirla permite sentirse un buen soldado antes que reconocerse como responsable de una agresión.
Detrás de una Pantalla

En internet, la posibilidad de agredir puede ir acompañada de una sensación de impunidad. Una cuenta anónima, la distancia física y la participación de cientos de personas pueden hacer que un ataque parezca difícil de atribuir y poco probable de recibir una sanción. Quien insulta no tiene que permanecer frente a la persona que lastima ni presenciar su reacción: puede cerrar la aplicación y continuar con su día. Las consecuencias recaen sobre alguien que queda fuera de su vista, mientras su propia intervención parece no tener un costo.
Esa percepción conecta la violencia digital con las situaciones anteriores: ¿qué hacemos cuando creemos que nadie nos va a detener ni nos pedirá explicaciones? No es necesario que exista una autorización expresa; puede bastar con observar que otros agreden y siguen haciéndolo sin encontrar límites. La ausencia aparente de consecuencias empieza a funcionar como un permiso. Esto no significa que toda agresión quede impune, sino que la expectativa de impunidad puede facilitarla. La pantalla ofrece entonces una distancia desde la cual alguien puede ejercer crueldad sin tener que reconocerse en sus efectos.
En cada una de estas escenas importa mirar también a quienes se detienen, se niegan o intervienen para proteger a otro. Su presencia recuerda que las órdenes, la aprobación colectiva y las recompensas influyen sobre la conducta sin decidirla por completo. Resistirse puede tener un costo: perder reconocimiento, enfrentar al grupo o asumir un riesgo. Precisamente por eso, la responsabilidad exige preguntarse qué margen de acción tenemos y cómo lo utilizamos. Antes de una agresión puede haber una autoridad que la ordena, una multitud que la celebra o una causa que parece justificarla. Frente a nosotros sigue habiendo alguien capaz de sufrir sus consecuencias. ¿Reconocemos nuestra violencia cuando quienes nos rodean la llaman justicia?
Si una orden o la aprobación de los demás pueden servir como permiso para hacer daño, negarse también puede abrir otro camino. En
Desobediencia y Creatividad:
Desafiar reglas sin romperlas
seguimos explorando la posibilidad de cuestionar lo establecido y encontrar nuevas formas de actuar. Te invitamos a leerlo.

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