jueves, 5 de noviembre de 2026

Nacer y Crecer en Guerra

 


Un niño aprende a reconocer una alarma antes de poder entender por qué suena. Otro elige qué juguete llevarse al abandonar su casa. Sus padres intentan protegerlos mientras enfrentan sus propios temores. Desde las familias de Ucrania e Irán hasta quienes reconstruyen las experiencias de sus mayores atraves de obras literarias, estas historias muestran cómo la guerra transforma la vida cotidiana y se convierte en parte de la memoria familiar.



Infancia Bajo Alarmas

David y su madre, Tetiana, en el refugio de su escuela en Kryvyi Rih, Ucrania. El espacio permite continuar las clases durante las alertas aéreas. Fotografía: UNICEF Ukraine

Antes de bajar a conocer el refugio de su escuela, David corrió hacia los juegos del patio. Tenía nueve años cuando UNICEF contó su historia, en septiembre de 2026, y vivía en Kryvyi Rih, Ucrania. Había empezado primer grado después del comienzo de la invasión rusa a gran escala. Su escolaridad transcurrió entre clases a distancia, encuentros presenciales limitados y cortes de electricidad. Quería regresar para encontrarse con sus amigos: verlos en la pequeña pantalla de un teléfono no le alcanzaba. El nuevo refugio permitiría continuar las clases durante las alertas aéreas. 
Para David, volver a la escuela significaba recuperar una parte de su vida compartida.

Su madre, Tetiana, también había reorganizado su vida. Dejó su trabajo como contadora para acompañar a David y a su hermana durante los ataques, y lo ayudaba con las lecciones interrumpidas. Según contó, quedarse en casa tampoco ofrecía una seguridad suficiente. Saber que la escuela disponía de un refugio le daba tranquilidad. Su testimonio muestra cómo una decisión aparentemente habitual, mandar a un hijo a clase, puede convertirse en una evaluación constante del peligro.

La escena del patio permite detenerse en algo que los balances de daños rara vez muestran... el tiempo de la infancia sigue pasando mientras se espera que las condiciones mejoren. Una amistad necesita encuentros; aprender requiere continuidad; la autonomía se construye con pequeñas oportunidades de separarse de los adultos. En una guerra, sostener esas experiencias exige un esfuerzo adicional de familias y docentes. Que un niño siga jugando o tenga ganas de estudiar no permite concluir que se haya acostumbrado al peligro. En el caso de David, ese deseo de volver expresa también todo lo que todavía necesita de una escuela: compañía, curiosidad y un lugar donde participar de la vida de los demás.



Lo Que Un Niño Elige Salvar

Alyona, de ocho años, sostiene a Motya, el conejo de peluche que llevó consigo al huir de Velyka Pysarivka, Ucrania, en 2024. Su padre se lo había regalado para su primer cumpleaños. Fotografía: UNICEF

Cuando un bombardeo alcanzó la calle donde vivía, Alyona y su familia tuvieron que salir de inmediato. Era la primavera de 2024 en Velyka Pysarivka, una localidad de la región ucraniana de Sumy. Tenía ocho años y apenas pudieron llevarse algunas cosas. Entre ellas estaba Motya, un conejo gris de nariz rosada que su padre le había regalado para su primer cumpleaños. Antes de encontrar otro alojamiento, pasaron dos semanas en un jardín de infantes convertido en refugio. Rodeada de camas y personas desconocidas, Alyona conservaba algo que conocía desde mucho antes de la huida: el juguete con el que dormía.

Al preparar una evacuación, los adultos deben elegir documentos, alimentos, ropa y medicamentos. Para un chico, un peluche también puede ser indispensable. En el testimonio de Alyona, Motya conserva su nombre, su historia y su lugar a la hora de acostarse, aunque todo alrededor haya cambiado. Podemos leer esa continuidad como una pequeña forma de mantener unido el antes con el después. El objeto permite reconocer algo propio dentro de un espacio prestado, donde incluso descansar exige acostumbrarse a sonidos, horarios y presencias nuevas.

El War Childhood Museum reúne objetos y testimonios que permiten acercarse a esas experiencias desde sus protagonistas. En su colección ucraniana, Mykhailo, nacido en 2014, cuenta que dejó Jersón después de que su patio fuera bombardeado. Presenta un tanque que construyó a mano y recuerda los estantes llenos de modelos que quedaron en su ciudad. Su relato muestra otra dimensión del desplazamiento: junto con la vivienda se pierde el acceso a actividades, colecciones y espacios donde uno podía reconocerse. Al conservar estas piezas con las palabras de sus dueños, el museo documenta qué significaban en una vida particular. Un juguete deja de ser un detalle secundario cuando permite contar qué había en casa y cuánto se extraña.


Criar Bajo El Miedo

Reza Eslamiyan y Samira junto a sus hijos, Parham y Mehrsam. Ambos médicos, continuaron atendiendo pacientes mientras sus hijos permanecían con familiares fuera de Teherán durante el conflicto de 2025. Fotografía: UNICEF Iran.

Cuando comenzaron las explosiones en Teherán, Reza Eslamiyan y Samira tuvieron que resolver cómo proteger a sus hijos sin abandonar a sus pacientes. Ambos eran médicos. Según el testimonio publicado por UNICEF en agosto de 2025, trasladaron a Parham, de nueve años, y Mehrsam, de cuatro, a Damavand, fuera de la capital, donde podían quedarse con sus abuelos y otros familiares. Ellos continuaron trabajando en el hospital e intentaban regresar por las noches, aunque los desplazamientos podían llevarles varias horas. Una noche en que su padre debía permanecer de guardia, Parham le preguntó por qué otros padres podían quedarse con sus hijos y él no. Reza recordaría aquella pregunta: para el niño, su ausencia seguía siendo difícil de comprender.

En otra familia de Teherán, Sareh, de doce años, preguntaba qué había sucedido, por qué los países iban a la guerra y si el peligro llegaría hasta su casa. Su padre, Mohammad Hasan Ebrahimi, relató a UNICEF en julio de 2025 que procuraban responderle con claridad y calma. Su hermana Hosna, de dos años y medio, reaccionaba también a las emociones de la mayor. Los padres intentaron conservar momentos reconocibles: cocinar sus comidas favoritas, jugar, escuchar música y abrazarlas. Durante unos días estuvieron con los abuelos fuera de la ciudad. En medio de acontecimientos que no podían controlar, buscaban sostener una vida familiar en la que todavía hubiera espacio para las preguntas y el juego.

Estos relatos, correspondientes al conflicto de 2025, permiten mirar la guerra desde una responsabilidad cotidiana: cuidar mientras uno también siente miedo. Samira contó que necesitaba descansar de las noticias y escuchar música para sobrellevar la presión. Parham, por su parte, encontraba alivio al jugar con su primo, aunque seguía preocupado hasta que sus padres volvían. Son esfuerzos concretos dentro de condiciones que esas familias no habían elegido. Además, disponer de familiares que puedan recibir a los chicos, transporte o un lugar más seguro ofrece posibilidades que no están al alcance de todos. Protegerlos depende tanto del cuidado dentro de casa como de las condiciones materiales que permiten ejercerlo.



Recuerdos Heredados

Art Spiegelman, autor de Maus, en la Alternative Press Expo de 2007. En su obra reconstruyó la experiencia de su padre durante el Holocausto y la relación entre ambos.


Art Spiegelman no vivió el Holocausto, pero la experiencia de sus padres formaba parte de su historia familiar. En
Maus, reconstruyó la vida de su padre, Vladek, un judío polaco que sobrevivió a Auschwitz. Para hacerlo, convirtió sus conversaciones en una historieta donde también aparece él mismo, preguntando, escuchando y discutiendo. La obra sigue dos tiempos: la persecución que relata el padre y los encuentros posteriores en los que el hijo intenta comprenderla. Entre ambos queda una distancia que ninguna entrevista puede borrar: uno recuerda lo que atravesó; el otro busca acercarse mediante sus palabras.

Ese encuentro tampoco elimina las dificultades de la relación. Maus muestra a Vladek como sobreviviente y como un padre con quien resulta difícil convivir. Art conserva sus desacuerdos dentro del relato, de modo que conocer el pasado no resuelve automáticamente los conflictos del presente. Allí aparece una de las preguntas más incómodas de la obra: cómo escuchar una experiencia extrema sin convertir a quien la cuenta en una figura intocable. El padre tiene una historia que necesita ser registrada; el hijo también tiene algo que decir sobre la relación entre ambos. La reconstrucción permite que esas dos perspectivas compartan la página.

Leer Maus junto a los testimonios de familias que hoy atraviesan una guerra permite preguntarse cómo se contará lo ocurrido dentro de algunos años. Los chicos de esas familias tendrán sus propios recuerdos, que podrán coincidir o diferir de los de sus padres. Otros nacerán después y conocerán aquella época mediante fotografías, relatos y preguntas. No podemos anticipar qué significado tendrá para cada uno. La obra de Spiegelman ofrece una forma de explorar esa distancia: muestra el trabajo de preguntar, seleccionar y dibujar una historia recibida, mientras deja visibles las dificultades de comprender a alguien querido.


Lo Que Permanece

Afiche del documental Art Spiegelman: Disaster Is My Muse (2025), que recorre la vida del autor de Maus y su trabajo con la memoria familiar del Holocausto.


En el documental
Art Spiegelman: Disaster Is My Muse, presentado en 2025, Nadja Spiegelman recuerda la biblioteca que su padre había reunido mientras trabajaba en Maus. Allí estaban los libros sobre el Holocausto que había utilizado para investigar. Según cuenta, creció con la impresión de que sus padres habían examinado aquellos horrores para evitar que sus hijos tuvieran que hacerlo. Pero esa misma biblioteca despertó su curiosidad. El intento de proteger a la siguiente generación convivía con su deseo de conocer. La historia familiar adquiría nuevas preguntas en manos de alguien que había nacido todavía más lejos de los acontecimientos.

El War Childhood Museum propone otra manera de conservar esas experiencias: reúne objetos junto con los testimonios de quienes los entregan. Su colección ucraniana incluye recuerdos de separaciones, desplazamientos y escolaridades interrumpidas. Las palabras de sus protagonistas permiten comprender por qué una pieza merece conservarse. Al registrar esas voces, el museo deja una fuente que otros podrán consultar sin depender únicamente de lo que una familia consiga recordar o se sienta capaz de contar. Una experiencia privada encuentra así un lugar en la memoria pública.

Los niños de estas historias crecerán y podrán formular preguntas distintas de las que hacen hoy. Algunos querrán reconstruir lo ocurrido; otros necesitarán distancia. Conservar sus relatos supone dejar abierta esa posibilidad, sin exigirles que se conviertan en representantes permanentes del sufrimiento que atravesaron. David también quiere encontrarse con sus amigos; Alyona tiene un juguete favorito; Parham espera que sus padres regresen. Escucharlos requiere reconocer esas vidas completas. La guerra forma parte de su historia, pero todavía queda mucho por vivir y por contar.




Las historias de desarraigo, encierro y memoria también atraviesan otras páginas de nuestra cultura. Si querés seguir explorándolas, te recomendamos estas lecturas:

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